Que te ahogues

El brujo se inclinó sobre la borda. El agua en la sombra del barco era verdosa y parecía tan densa como gelatina. No tuvo que llamarla. La sirena surgió de pronto sobre la superficie envuelta en un chorro de agua. Durante un momento se mantuvo enhiesta sobre la cola, luego se zambulló en la ola, se dio la vuelta y se tendió de espaldas, mostrando en toda su integridad aquello que tenía hermoso. Geralt tragó saliva.

—¡Eh, vosotros! —cantó—. ¿Todavía falta mucho? ¡La piel se me seca con el sol! Peloblanco, pregúntale si acepta.

—No acepta —cantó el brujo—. Sh’eenaz, entiéndelo, él no puede tener cola, no puede vivir bajo el agua. ¡Tú puedes respirar en la superficie, pero él bajo el agua no!

—¡Lo sabía! —gritó con voz aguda la sirena—. ¡Lo sabía! ¡Evasivas, tontas e ingenuas evasivas, y ni un pequeño sacrificio! ¡Quien ama se sacrifica! ¡Yo me sacrifiqué por él, todos los días tenía que encaramarme a los acantilados por él, me rompí las escamas del trasero, la aleta se me rasgó, me constipé por él! ¿Y él no quiere sacrificar por mí esos dos horribles palitroques? ¡El amor no significa solamente recibir, hay que saber también renunciar, sacrificarse! ¡Repíteselo!

—¡Sh’eenaz! —gritó Geralt—. ¿No lo entiendes? ¡Él no puede vivir en el agua!

—¡No acepto excusas tan tontas! Yo también... yo también lo amo y quiero tener alevines con él, pero ¿cómo, si él no quiere convertirse en macho? ¿Dónde voy a colocarle las huevas? ¿En el sombrero?

—¿Qué dice? —gritó el príncipe—. ¡Geralt! No te he traído aquí para conversar con ella, sino...

—Se obceca en su opinión. Está enfadada.

—¡Dadme esa red! —aulló Agloval—. Voy a dejarla un mes en una piscina y...

—¡Y ésta! —le respondió gritando el capitán, al tiempo que demostraba con el codo lo que era ésta—. ¡Debajo de nosotros puede haber un kraken! ¿Habéis visto alguna vez un kraken, señor? ¡Tiraos al agua, si es vuestra voluntad, agarradla con vuestras manos! Yo no voy a meter mis narices en esto. ¡Yo vivo de esta carabela!

—¡Vives de mi merced, bellaco! ¡Dame la red o mando que te cuelguen!

—¡Besadle a un perro en el culo! ¡En esta carabela mi voluntad está por encima de la vuestra!

—¡Callaos, los dos! —gritó Geralt, furioso—. ¡Ella está hablando, es un dialecto difícil, tengo que concentrarme!

—¡Estoy harta! —aulló melodiosamente Sh’eenaz—. ¡Tengo hambre! En fin, peloblanco, que decida él, que decida ahora mismo. Repítele una cosa más: no pienso seguir siendo motivo de burla ni pienso quedar con él si sigue teniendo el aspecto de una estrella de mar de cuatro patas. Repítele que para los jueguecitos que él me propone en los acantilados, tengo yo unas amigas que lo hacen mucho mejor. Pero eso son diversiones de adolescentes, buenas para niños que todavía no han cambiado las escamas. Yo soy una sirena normal y sana...

—Sh’eenaz...

—¡No me interrumpas! ¡Todavía no he terminado! Estoy sana, soy normal y madura para el desove, y si él me desea de verdad, ha de tener cola, aleta y todo como un tritón normal. ¡De otro modo no quiero saber nada de él! 

Geralt tradujo con rapidez, intentando no ser vulgar. No lo consiguió. El príncipe enrojeció, lanzó unas feas maldiciones.

—¡Puta indecorosa! —gritó—. ¡Sardina frígida! ¡Que se busque un bacalao!

—¿Qué ha dicho? —se interesó Sh’eenaz, nadando más cerca.

—¡Que no quiere tener cola!

—¡Pues dile... dile que se seque!

—¿Qué ha dicho?

—Ha dicho —tradujo el brujo— que te ahogues.

A. Sapkowski (1992) La espada del destino

Ilustración por Denis Gordeev


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