Respeto hacia la majestad de la muerte
Junto al camino, en el lugar donde se terminaba el bosque, había nueve postes clavados en la tierra. En la punta de cada poste habían clavado horizontalmente una rueda de carro. Sobre las ruedas se arremolinaban los cuervos y las cornejas, picoteando y arañando unos cadáveres que estaban atados a los aros y los cubos. La altura de los postes y el número de los pájaros sólo permitía, es cierto, imaginarse lo que eran los restos irreconocibles que descansaban sobre las ruedas. Pero eran cadáveres. No podían ser otra cosa. Ciri volvió la cabeza y arrugó la nariz con asco. El viento soplaba desde los postes, el nauseabundo hedor de los cuerpos en descomposición se extendía por el camino. —Bonita decoración. —Yennefer se inclinó en la silla y escupió al suelo, olvidando que no hacía mucho que había regañado a Ciri por escupir del mismo modo—. Pintoresca y olorosa. Pero, ¿por qué aquí, al borde del bosque? Por lo general ...