Y hasta la polla te daría si lo mandas
La más alta de las guardianas, a todas luces la comandanta, apartó de sí el cuenco y se levantó. Geralt, que siempre había considerado que no existen las mujeres feas, se sintió obligado de pronto a revisar esta opinión. —¡Las armas sobre el banco! Como todas las presentes, la guardiana estaba rapada al cero. Sin embargo, sus cabellos habían empezado ya a crecer, formando sobre su cabeza pelada un cepillo irregular. De por debajo de su chalequillo abierto y su camisa desanudada asomaba una tripa carnosa que daba la sensación de un gran solomillo atado para el horno. Los bíceps de la guardiana, para seguir con las metáforas carniceras, tenían el tamaño de jamones de cerdo. —¡Que pongas las armas en el puto banco! —repitió—. ¿Tas sordo? Una de sus subordinadas, aún inclinada sobre su cuenco, se incorporó un tanto y lanzó un cuesco, sonoro y penetrante. Sus camaradas se rieron a carcajadas. Geralt se abanicó con el guante. La guardiana miraba...