Nunca fui un auténtico quinceañero

—Aquel galeón que está echando el ancla, fíjate —le indicaba Coral—. Con una cruz azul en la bandera. Es el Orgullo de Cintra, probablemente con rumbo a Kovir. Y aquella coca es la Alke, de Cidaris, seguramente lleva un cargamento de pieles. Y allí, ah sí, la Tetyda, una urca de transporte, local, cuatrocientas toneladas de carga, se dedica a la navegación de cabotaje entre Kerack y Nastrog. Allí, fíjate, está llegando a la rada en este momento la goleta de Novigrado Pandora Parvi, una preciosidad de barco. Mira por el ocular. Verás...

—Veo sin el catalejo. Soy un mutante.

—Ah, es verdad. Se me había olvidado. Oh, allí, es la galera Fucsia, treinta y dos remos, puede cargar en sus bodegas con ochocientas toneladas. Y aquel elegante galeón de tres mástiles es el Vértigo, viene de Lan Exeter. Y allí, más lejos, el de la bandera amaranto, es el galeón Albatros, de Redania: tres mástiles, ciento veinte pies de eslora... Oh, allí, mira, mira, está largando velas y haciéndose a la mar el clíper correo Eco, conozco al capitán, suele comer donde Ravenga cuando atraca aquí. O fíjate también en ese galeón de Poviss, va a toda vela...

El brujo apartaba los cabellos de la espalda de Lytta. Despacio, uno a uno, desabrochaba los corchetes, retiraba el vestido de los hombros de la hechicera. Tras lo cual dedicaba sus manos y su atención a un par de galeones, a toda vela. Unos galeones sin igual en todas las rutas marítimas, radas, puertos y registros de almirantazgos.

Lytta no protestaba. Y no levantaba el ojo del ocular del catalejo.

—Te comportas —dijo en cierta ocasión— como un quinceañero. Como si fuera la primera vez que los ves.

—Para mí siempre es la primera vez —admitió a regañadientes—. Y yo nunca fui un auténtico quinceañero.

Lytta y Geralt por Denis Gordeev


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