Respeto hacia la majestad de la muerte

 Junto al camino, en el lugar donde se terminaba el bosque, había nueve postes clavados en la tierra. En la punta de cada poste habían clavado horizontalmente una rueda de carro. Sobre las ruedas se arremolinaban los cuervos y las cornejas, picoteando y arañando unos cadáveres que estaban atados a los aros y los cubos. La altura de los postes y el número de los pájaros sólo permitía, es cierto, imaginarse lo que eran los restos irreconocibles que descansaban sobre las ruedas. Pero eran cadáveres. No podían ser otra cosa.

Ciri volvió la cabeza y arrugó la nariz con asco. El viento soplaba desde los postes, el nauseabundo hedor de los cuerpos en descomposición se extendía por el camino.

—Bonita decoración. —Yennefer se inclinó en la silla y escupió al suelo, olvidando que no hacía mucho que había regañado a Ciri por escupir del mismo modo—. Pintoresca y olorosa. Pero, ¿por qué aquí, al borde del bosque? Por lo general algo así se coloca junto a las murallas de la ciudad. ¿Me equivoco, buenas gentes?

—Son Ardillas, noble dama —se apresuró a aclarar uno de los mercaderes ambulantes al que habían alcanzado en la senda, mientras sujetaba de las riendas al caballo pío que tiraba de su carro de dos ruedas bien cargado—. Elfos. Allá, en los palos aquéllos. Por eso están los palos al pie del bosque. Para servir de aviso a otros Ardillas.

—Eso quiere decir —la hechicera le miró— que a los Scoia’tael que se atrapa vivos se les trae aquí...

—Los elfos, señora, raramente se dejan pillar vivos —la interrumpió el mercader—. Y si acaso los guardias agarran alguno, lo llevan a la ciudad, porque allá habitan también inhumanos. Cuando los tales ven los tormentos en la plaza, se les va la gana de irse con los Ardillas. Pero si en la lucha se mata a algún elfo, entonces se trae el cuerpo a la trocha y se cuelga en los palos. Hay cuando los traen de lejos y apestando llegan...

—Y pensar —ladró Yennefer— que a nosotros se nos han prohibido las prácticas necrománticas en atención al respeto hacia la majestad de la muerte y al cuerpo de este mundo, al cual se le debe honor, tranquilidad, entierro ritual y ceremonioso...

—¿Qué decís, señora?

—Nada. Vayámonos de aquí cuanto antes, Ciri, lejos de este lugar. Uf, tengo la sensación de estar totalmente impregnada de este hedor...

—Yo también, eeej —dijo Ciri, rodeando al trote el tiro del buhonero—. Vamos al galope, ¿vale?

—Está bien... ¡Ciri! ¡Al galope, pero no a lo loco!

A. Sapkowski (1996) Bautismo de fuego. Alamut 


Ciri y Yennefer camino a Gors Velen por Denis Gordeev.


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