Así revientes, hideputa
El calvo tomó un corto impulso y le golpeó en el estómago. No le sirvió de nada el tensar los músculos para defenderse. Geralt, respirando con dificultad, observó por algún tiempo la hebilla de su propio cinturón, después de lo cual los guardianes lo enderezaron de nuevo.
—¿No necesitas nada? —continuó el calvo, apestando a cebolla y a dientes podridos—. El señor concejal se alegrará de que no tengas nada que objetar.
Un nuevo golpe, en el mismo sitio. El brujo se atragantó y hubiera vomitado si hubiera tenido el qué. El calvo se puso de lado, cambió de mano. ¡Plaf! Geralt de nuevo miró a la hebilla de su propio cinturón. Aunque podría parecer extraño, en el techo no había ningún agujero que permitiese ver la muralla.
—¿Y qué tal? —El calvo retrocedió un tanto, indudablemente para tomar más impulso—. ¿No tienes ningún deseo? Nos mandó el señor Laurnariz preguntarte si tenías alguno. Pero, ¿por qué no dices nada? ¿Se te ha pegado la lengua al paladar? ¡Ahora te la despego!
¡Plaf!
Geralt tampoco esta vez se desmayó. Y debía hacerlo, porque no estaría de más conservar sus órganos internos. Para desmayarse tenía que obligar al calvo a...
El guardián escupió, mostró los dientes, amasó de nuevo el puño.
—¿Y qué? ¿Ningún deseo?
—Uno... —jadeó el brujo, alzando la cabeza con esfuerzo—. Así revientes, hideputa.
El calvo apretó los dientes, retrocedió y lanzó el puño, esta vez, de acuerdo con los planes de Geralt, dirigiendo el golpe a la cabeza. Pero el golpe no llegó a su objetivo. El guardián cloqueó de pronto como un pavo, enrojeció, se agarró el vientre con las dos manos, aulló, gritó de dolor...
Y reventó.
A. Sapkowski (1993) El último deseo
| Ilustración por Denis Gordeev |
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