No le perdono

 —Maestro sayón —dijo con estudiado énfasis el alguacil—. ¡Cumple con tu deber!

El verdugo se acercó y, siguiendo una antigua tradición, se arrodilló ante el reo e inclinó la cabeza encapuchada.

—Dadme vuestro perdón, buen hombre —le pidió en tono sepulcral.

—¿Yo? —Jaskier se sorprendió—. ¿A ti?

—Aja.

—Y una polla.

—¿Eeeh?

—Que no te perdono en la vida. ¿Por qué te iba a perdonar? ¡Ya lo habéis visto, el tío cachondo! Me va a cortar la testa dentro de un segundo, ¿y yo le tengo que perdonar a él? ¿Os estáis quedando conmigo, o qué? ¿En tal situación?

—Pero, ¿cómo podéis decir eso, señor? —se quejó el verdugo—. Pero si, según nuestras leyes... y, de acuerdo con la tradición... el condenado debe, ante todo, perdonar al verdugo. ¡Buen señor! Perdonad mi culpa, disculpad mi pecado...

—No.

—¿No?

—¡Que no!

—Yo así no me lo cargo —anunció con pesadumbre el verdugo, poniéndose de pie—. Si no me perdona, el hijo de tal, no vamos a ninguna parte.

—Señor vizconde. —El alguacil que había leído la sentencia cogió a Jaskier del codo—. No lo hagáis más difícil. Toda esta gente está aquí reunida, esperando... Tened la bondad de perdonarle, en vista de que lo ruega con tanta gentileza...

—¡Que no le perdono y punto!

A. Sapkowski (1999) La dama del lago Alamut.

Ilustración por Denis Gordeev.

                                               

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