¿De quién es esta herradura?

 —¿Veis, gentes, cuán rápido crecen los defensores de la bruja? —gritó el sacerdote, después de lo cual se dio la vuelta y deformó el rostro en una sonrisa maliciosa—. Bien, canallas, acepto para la ordalía a vuestro trío. ¡Llevemos a cabo el juicio de dios, determinemos la culpa de la bruja y comprobemos a un tiempo también vuestra virtud! ¡Pero no a espada, hacha, lanza o saeta! ¿Decís que sabéis las reglas del juicio de dios? ¡Yo también las conozco! ¡He aquí unas herraduras que descansan sobre el carbón, que están y a al rojo vivo! ¡Bautismo de fuego! ¡Bien, partidarios de la hechicería! Aquél que una herradura saque del fuego, me la traiga y no revele huella de quemadura, demostrará que la bruja no es culpable. Si acaso el juicio de dios otra cosa dijera, entonces moriréis vosotros y morirá ella. ¡He dicho!

Los murmullos de desagrado del estarosta Laabs y su grupo quedaron ahogados por los gritos entusiastas de la may oría de los reunidos en torno al sacerdote, anticipando gran espectáculo y regocijo. Milva miró a Zoltan, Zoltan al brujo y el brujo al cielo y luego a Milva.

—¿Crees en los dioses? —preguntó a media voz. 

—Creo —bufó por lo bajo la arquera, mientras miraba el carbón del fuego—. Mas no pienso que tuvieran ganas de quebrarse los sesos con unas herraduras calientes. 

—Desde el fuego hasta ese hijo de puta no habrá más de tres pasos —susurró Zoltan entre dientes—. Aguantaré de algún modo, he trabajado en una siderurgia... De todos modos, rezad por mí a esos dioses vuestros... 

—Un momento. —Emiel Regis puso su mano sobre el hombro del enano—. Dejad las oraciones. 

El barbero se acercó hasta el fuego, le hizo una reverencia al sacerdote y al público, luego de lo cual se inclinó rápido y metió su mano en el carbón ardiente. La masa gritó con una sola voz, Zoltan maldijo, Milva clavó su mano en el brazo de Geralt. Regis se levantó, miró con serenidad la herradura que estaba al rojo blanco en su mano, sin apresurarse se acercó al sacerdote. Éste retrocedió, pero chocó contra los aldeanos que estaban a su espalda. 

—De esto se trataba, si no me equivoco, honorable —preguntó Regis, levantando la herradura—. ¿Un bautismo de fuego? Si es así, pienso que el juicio de dios es inequívoco. La muchacha es inocente. Sus defensores son inocentes. Y yo, imaginaos, también soy inocente. 

—En... en... enseñad la mano... —balbuceó el sacerdote—. A ver si no está quemada...

El barbero sonrió para sí con los labios apretados, después de lo cual pasó la herradura a la mano izquierda y mostró la derecha, completamente sana, primero al sacerdote, luego, levantándola muy alto, a todos. La multitud gritó. 

—¿De quién es esta herradura? —preguntó Regis—. Que el propietario la recoja. 

Nadie contestó.

A. Sapkowski (1996) Bautismo de fuego. Alamut

Regis y el juicio a la bruja por Denis Gordeev


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