Desde ahora soy tu amo
Del jarro, que durante el forcejeo había caído en la arena, fluyó un humo brillante y rojo.
El brujo dio un salto y se fue en dirección al campamento a por su espada. Jaskier, cruzando las manos sobre el pecho, ni siquiera se atrevía a respirar.
El humo rebulló, se concentró en una bola irregular que colgaba a la altura de la cabeza del poeta. La bola tomó la forma de una cabeza caricaturesca, sin nariz, con grandes ojos y algo parecido a un pico. La cabeza tenía alrededor de una braza de diámetro.
—¡Genio! —habló Jaskier, con los pies temblándole—. Yo te he liberado y desde ahora soy tu amo. Mis deseos son...
La cabeza chasqueó el pico, que no era un pico, sino algo en forma de labios caídos, deformes y cambiantes.
—¡Huye! —gritó el brujo—. ¡Huye, Jaskier!
—Mis deseos —continuó el poeta— son los siguientes: en primer lugar, que a Valdo Marx, trovador de Cidaris, le caiga un rayo. En segundo lugar, en Caelf vive la condesa Virginia, la cual no quiere dárselo a nadie. Que me lo dé a mí. En tercer lugar...
Nadie llegó a enterarse jamás de cuál era el tercer deseo de Jaskier. La monstruosa cabeza expulsó de sí dos garras aún más monstruosas y agarró al bardo por la garganta. Jaskier chilló.
A. Sapkowski (1993) El último deseo
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| Ilustración por Denis Gordeev |

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