El cataclismo

—En fin —suspiró cuando él hubo terminado—. Reconozco que me esperaba algo de este estilo. Anarietta, hace mucho que lo advertí, muestra síntomas de enamoramiento.

—¿Enamoramiento? —bufó él—. ¿O de antojos de gran señora?

—¿Tú no crees —lo miró inquisitivamente—, por lo que parece, en el amor verdadero y limpio?

—Mi fe —cortó— no es precisamente el tema del debate ni tiene nada que ver con ello. Se trata de Jaskier y de su estúpida...

Se interrumpió, perdiendo de pronto su seguridad.

—Con el amor —dijo Fringilla lentamente— es como con un cólico nervioso. Mientras no te dé un ataque ni siquiera puedes imaginarte qué es eso. Y cuando te lo describen, no lo crees.

—Algo de ello hay —reconoció el brujo—. Pero también hay diferencias. La razón no te preserva de un cólico nervioso. Ni lo cura.

—El amor se burla de la razón. Y ahí yace su belleza y encanto.

—Su estupidez, más bien.

Ella se levantó y se acercó a él, al tiempo que se quitaba los guantes. Sus ojos daban la sensación de ser oscuros y profundos detrás de la cortina de sus pestañas. Olía a ámbar, a rosas, a polvo de biblioteca, a papel podrido, a minio y colorante de imprenta, a tinta china, a estricnina, con la que se intentaba envenenar a los ratones de la biblioteca. Aquellos olores no tenían mucho que ver con un afrodisiaco. Por ello, más extraño fue que funcionara.

—¿No crees —dijo ella con la voz cambiada— en el impulso repentino? ¿En la atracción brusca? ¿En el encuentro de dos bólidos que vuelan en trayectoria de colisión? ¿En los cataclismos?

Extendió la mano, tocó su hombro. Él la tocó a ella en el hombro. Los rostros se acercaron aún con cierta reserva, atentos y en tensión, los labios se unieron también con cuidado y delicadeza, como si temieran espantar a una criatura muy, pero que muy asustadiza.

Y luego los bólidos se encontraron y tuvo lugar el cataclismo.

A. Sapkowski (1999) La dama del lago Alamut.

Fringilla y Geralt por Jana Komarkova


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