Y hasta la polla te daría si lo mandas

La más alta de las guardianas, a todas luces la comandanta, apartó de sí el cuenco y se levantó. Geralt, que siempre había considerado que no existen las mujeres feas, se sintió obligado de pronto a revisar esta opinión.

—¡Las armas sobre el banco!

Como todas las presentes, la guardiana estaba rapada al cero. Sin embargo, sus cabellos habían empezado ya a crecer, formando sobre su cabeza pelada un cepillo irregular. De por debajo de su chalequillo abierto y su camisa desanudada asomaba una tripa carnosa que daba la sensación de un gran solomillo atado para el horno. Los bíceps de la guardiana, para seguir con las metáforas carniceras, tenían el tamaño de jamones de cerdo.

—¡Que pongas las armas en el puto banco! —repitió—. ¿Tas sordo?

Una de sus subordinadas, aún inclinada sobre su cuenco, se incorporó un tanto y lanzó un cuesco, sonoro y penetrante. Sus camaradas se rieron a carcajadas. Geralt se abanicó con el guante. La guardiana miraba sus espadas.

—¡Eh, mozas! ¡Venirsus pacá!

Las «mozas» se alzaron con bastante poca gana, estirándose. Todas, como advirtió Geralt, se vestían en un estilo bastante libre y de poca ropa, que servía sobre todo para que se extendiera su musculatura. Una llevaba puestos unos cortos pantalones de cuero, con las costuras abiertas para que cupieran los muslos. Y como vestido de cintura para arriba servían unas correas cruzadas.

—Un brujo —afirmó—. Dos espadas. De acero y de plata.

Otra, alta y ancha de hombros como todas, se acercó, abrió la camisa de Geralt sin ceremonias, aferró la cadena de plata, sacó el medallón.

—Tié la señal —confirmó—. Un lobo con los piños fuera. Paece que sí es un brujo. ¿Lo dejamos?

—El regelamiento no lo prohíbe. Dio las espadas...

—Cierto. —Geralt se unió a la conversación con voz tranquila—. Las di. Las dos quedarán, imagino, en un depósito vigilado, ¿no? ¿Con un recibo para su recogida? ¿El cual me daréis ahora?

Las guardianas, sonriendo, lo rodearon. Una le empujó, como sin quererlo. Otra se tiró un sonoro pedo.

—Aquí tiés tu recibo —bufó.

—¡Un brujo! ¡Cazaor de moustros de alquiler! ¡Y va y da las espadas! ¡Al punto! ¡Obediente como un crío!

—Y hasta la polla te daría si lo mandas.

—¡Pos mandárselo, coño! ¿Qué, chochetes? ¡Que la saque de los pantaladrones!

—¡Vamos a almiralnos de cómo tien la polla los brujos!

A. Sapkowski (2013) Estación de tormentas Alamut.

Ilustración por Denis Gordeev


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