Hasta sobre un erizo
—¿... con Yennefer? —se aseguraba la pelirroja, mientras retorcía un collar de perlas que llevaba enrollado al cuello de modo que parecía un collar de perro
—. ¿Lo dices en serio, Sabrina?
—Absolutamente —respondió Sabrina Glevissig—. No te lo creerás, pero esto dura ya algunos años. Que él aguante con ese reptil asqueroso es en verdad extraño.
—¿Por qué extrañarse? Le habrá lanzado un hechizo, lo tendrá encantado. ¡No lo habré hecho veces yo misma!
—Pero éste es un brujo. No se les puede hechizar. Al menos no para tanto tiempo.
—Así que se trata de amor —suspiró la pelirroja—. Y el amor es ciego.
—Él es ciego. —Sabrina frunció el ceño—. ¿Te creerás, Marti, que ella se ha atrevido a presentármelo como amiga del colegio? Bloede pest, ella me lleva por lo menos... bueno, no importa. Ya te digo, con respecto al brujo es celosa de la leche. La pequeña Merigold no hizo más que sonreírle y ésta arpía le gritó sin reparar en palabras y la echó. En este momento... Mira. Está allí, habla con Francesca, pero no quita ojo del brujo.
—Tiene miedo —se rio la pelirroja— de que se lo limpiemos, siquiera por esta noche. ¿Qué dices a eso, Sabrina? ¿Lo intentamos? El muchacho es atractivo, no como estos alfeñiques nuestros, tan creídos, con sus complejos y pretensiones...
—Habla más bajo, Marti —susurró Sabrina—. No le mires y no enseñes los dientes. Yennefer nos observa. Y con estilo. ¿Quieres seducirlo? Eso es de mal gusto.
—Humm, tienes razón —reconoció Marti después de pensárselo—. ¿Y si de pronto se acercara él mismo y nos lo propusiera?
—Entonces —Sabrina Glevissig echó al brujo una mirada de ave de rapiña con sus ojos negros— me lo trincaba sin pensarlo, aunque fuera sobre una piedra.
—Y yo —se rio Marti— hasta sobre un erizo.
El brujo, absorto en la contemplación del mantel, escondió un gesto idiota tras una gamba y una hoja de lechuga, extraordinariamente contento del hecho de que la mutación de sus vasos sanguíneos le impidiera ruborizarse.
A. Sapkowski (1995) Tiempo de odio. Alamut

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