No me gusta esto
El castrado resopló y agitó la testa mientras atravesaba el foso por los restos del puente. Triss tiró de las riendas. Los esqueletos y calaveras podridos que anegaban el fondo de la zanja no le causaban impresión. Ya los había visto antes.
—No me gusta esto —habló de pronto la muchacha—. Esto no es como debiera ser. A los muertos se los ha de enterrar en la tierra. Bajo un túmulo. ¿No es cierto?
—Cierto —dijo tranquila la hechicera—. Yo también lo creo. Pero los brujos tratan este cementerio como un... recordatorio.
—Un recordatorio... ¿de qué?
—Kaer Morhen —Triss dirigió el caballo hacia unas arquerías resquebrajadas— fue atacado. Hubo aquí una sangrienta lucha en la que murieron casi todos los brujos, sólo se salvaron los que no estaban en la fortaleza en aquel momento.
—¿Quién les atacó? ¿Y por qué?
—No lo sé —mintió—. Fue hace muchísimo tiempo, Ciri. Pregúntales a los brujos.
—Pregunté —gruñó la muchacha—. Pero no me quisieron contestar.
Lo entiendo, pensó la hechicera. A un aprendiz de brujo, y para colmo una niña que no había sido sometida a los cambios y mutaciones no se le puede hablar de tales asuntos. No se le habla de masacres a un niño así. No se le asusta a un niño así con la perspectiva de que él también puede llegar a escuchar sobre sí mismo palabras como las que gritaban por entonces los fanáticos que marcharon sobre Kaer Morhen. Mutante. Monstruo. Engendro. Maldito por los dioses, ser contra natura. No, pensó, no me extraña que los brujos no te hayan contado nada acerca de ello, pequeña Ciri. Y yo tampoco te lo voy a contar. Yo, pequeña Ciri, tengo aún más motivos para guardar silencio. Porque soy una hechicera, y sin ayuda de los hechiceros los fanáticos no hubieran conquistado entonces el castillo. E incluso aquel asqueroso pasquín, por entonces distribuido por doquier, Monstrum, que agitó a los fanáticos y los impulsó al crimen, también fue, por lo que dicen, obra de algún hechicero anónimo. Pero yo, pequeña Ciri, no acepto una responsabilidad colectiva, no siento necesidad de expiar un crimen que tuvo lugar medio siglo antes de mi nacimiento. Y los esqueletos que han de servir de eterno recuerdo se pudrirán por fin del todo, se convertirán en polvo y caerán en el olvido, se dispersarán con el viento que azota incansable la fosa...
A. Sapkowski (1994) La sangre de los elfos. Alamut
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| lustración por Denis Gordeev |

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