No dispares...

Descolgó el laúd del arzón de la silla. Era un instrumento único, de primera calidad, de mástil esbelto. El regalo de un elfo, pensó, acariciando la madera labrada. Puede suceder que vuelva al Antiguo Pueblo... A menos que las dríadas lo dejen junto a mi cadáver... No muy lejos yacía un viejo árbol derribado por el viento. El poeta se sentó en el tronco, apoyó el laúd en la rodilla, se pasó la lengua por los labios, se secó el sudor de las manos en los pantalones.

El sol se acercaba al ocaso. La bruma comenzaba a alzarse desde el Cintillas, cubría la pradera con un manto gris blanquecino. Hacía más frío. Los graznidos de las grullas se atenuaron y desaparecieron, quedó tan sólo el croar de las ranas. Jaskier tocó las cuerdas. Una vez, luego otra, luego una tercera vez. Giró las clavijas, afinó el instrumento y comenzó a tocar. Y al cabo de un momento, a cantar.

Yviss, m’evelienn vente cáelm en tell
Elaine Ettariel
Aep cor me lode deith ess’viell
Yn blath que me darienn
Aen minne vain tegen a me

Yn toin av muireánn que dis eveigh e aep Mea...

El sol desapareció detrás del bosque. Al pie de los enormes árboles de Brokilón se hizo de inmediato la oscuridad.
L’eassan Lamm feainne renn, ess’ell,
Elaine Ettariel,
Aep cor...

No la oyó. Sintió su presencia.
—N’te mire daetre. Sh’aente vort.
—No dispares —susurró, obedeciendo y no mirando hacia atrás—. N’aen aespar a me... Vengo en paz...
—N’ess a tearth. Sh’aente.

Obedeció, aunque los dedos le tiritaban y le resbalaban sobre las cuerdas, y aunque la voz surgía con esfuerzo de la laringe. Pero en la voz de la dríada no había odio y él, joder, era un profesional.

L’eassan Lamm feainne renn, ess’ell,
Elaine Ettariel,
Aep cor aen tedd teviel e gwen
Yn blath que me darienn
Ess yn e evellien a me
Que shaent te cáelm a’vean minne me striscea...

A. Sapkowski (1995) Tiempo de odio. Alamut

Ilustración por Denis Gordeev.

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